Especial de Halloween II: Ejaune el Tutelar de los Muertos

via Pinterest

En Minacota, no lejos de la Ciudadela, existe un santuario excavado en la roca, cavernas que dan paso a túneles que se extienden durante kilómetros en el interior de la montaña, donde se alinean las máscaras de los antepasados. Es en estas galerías interminables, en la oscuridad bajo la roca, donde se depositan las máscaras funerarias de los gorgotas, para que reposen eternamente lejos del bullicio del mundo y vigilen a sus descendientes. Aquí se custodian también, en cámaras especiales, aquellas máscaras mayores que se han vuelto demasiado poderosas, hasta el punto de que la personalidad y los recuerdos de sus portadores empiezan a desvanecerse y a ser suplantados por los de la máscara.

El ambiente de este santuario, y de otros muchos como él que hay en los Seis Dedos, es seco y polvoriento, y de un silencio sepulcral sumido en la penumbra de velas y lamparillas de aceite que iluminan a los ídolos. Pocos vienen aquí, y quienes lo hacen se limitan a meditar en un silencio reverencial y a presentar sus respetos a las máscaras y los ídolos. Sus salones están consagrados a Ejaune, tutelar de los muertos, el dios que preside sobre la transición entre este mundo y el otro, sobre la asamblea de los antepasados divinizados que observan y juzgan los actos de sus descendientes entre los vivos. A él le corresponde decidir el momento de la muerte, con esa tendencia al fatalismo que tienen todos los gorgotas, y también el destino del alma en el otro lado. Aunque es un dios principalmente arma, tiene seguidores también entre los gargales y mediarmas, e incluso entre algunos momgargas.

flickr

Los santones de Ejaune son una visión común en cualquier lugar de los seis dedos. No solo se ocupan de los santuarios del dios, sino que también se los puede ver meditando en cementerios y crematorios, y recorriendo los caminos en busca de espíritus inquietos que calmar, antepasados a los que propiciar y funerales que celebrar. Son también, como todos los gorgotas, santones guerreros, pues la muerte es una parte fundamental de la guerra, y no es raro verlos participar en el combate de uno u otro bando, blandiendo las largas hachas con hoja en forma de guadaña que son su símbolo de oficio, ocupándose primero de matar, y luego de atender a los muertos.

Encontrarse con ellos en los retorcidos caminos montañosos del Carauce durante la noche es una visión de pesadilla, flacos como galgos, apenas iluminados por un farol o a la luz de la luna, con el cuerpo pintado de negro y blanco a manera de esqueleto y la guadaña colgando del hombro, con su filo acerado reflejando la luz como una criatura viva y hambrienta. Existen toda clase de supersticiones y leyendas sobre los santones pintados de Ejaune. Que pueden ver y hablar con los muertos, que saben el momento en que morirá un hombre, o que pueden matar con solo una palabra o un roce de su guadaña. En los pueblos y  caseríos aislados se les teme tanto como se les respeta, y son muy respetados.

 

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