Resumen de la Partida III

Continuamos con el resumen de la primera partida de Máscaras de Matar donde lo habíamos dejado: los personajes están refugiados en la corte de Anlecar, un caudillo del norte que ha acudido a Minacota a negociar con el Ras, pero los problemas que les seguían desde Ornija empiezan a alcanzarlos.

Tras el duelo en el que Astaruga resulta herido en la pierna, él y Sargo se ven obligados a ofrecer participaciones en su nueva ruta caravanera tanto al lar pandalume al que ofendieron como al que los ha acogido por encargo de su anterior jefe de caravana. Y por si fuera poco, al día siguiente tienen que reunirse con los lobos de Tamid y Estrela para negociar las paces, algo que puede muy bien terminar en un nuevo duelo.

Pero antes de eso, durante un banquete de la corte, las cosas se complican aún más. Segalid, intentando introducirse en el círculo íntimo de Anlecar, ofrece una danza ritual y es invitada a sentarse con el caudillo y los suyos. Allí percibe claramente que, en efecto,  Consar Eqe oculta algo, y que hay complejas dinámicas de poder y relaciones entre Anlecar, su hijo, sus esposas, su madre y sus hermanos. Dercade continúa en una posición ambigua, pero el tercer hermano Motegüe, se mantiene cerca de Cardalea y conferencia en voz baja con Consar Eqe.

Art by Mélanie Delon

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Entre tanto, Tamid, Sargo y Astaruga se mueven entre las camarillas de la corte, pasando de un grupo a otro, de los jabalíes mediarmas a los toros armas, los escasos pandalumes y otros grupos. La información que obtienen es contradictoria: para algunos es Dercade quien se ocupa del comercio, según otros es Motegüe; hay quien dice que éste favorece a los jabalíes, otro que también a los lobos. Caogar y Talcoren hablan mal de Tamid y uno del otro.

 Los rumores y las conspiraciones parecen estar a la orden del día. Cuando comparan notas, queda claro que cada facción les cuenta solo lo que le interesa, y que todos están intentando usar a los recién llegados para sus propios intereses.

Al día siguiente, a la hora convenida para el arbitraje, que significativamente tiene lugar fuera de la zona de santuario, se les cae el alma a los pies al ver que quien va a servir de árbitro “neutral” no es otro que Per Egol, el escriba de Cardalea. ¿Significa eso que los lobos están aliados con la madre del caudillo, que tan mal disimula que es partidaria de la Real? ¿O Per Egol se mantiene al margen? Finalmente, a petición del escriba, Segalid sirve también de intermediaria, de modo que uno de los árbitros haya sido aportado por cada lado, para que no haya sospechas de favoritismo.

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Varias veces durante las conversaciones las cosas están a punto de llegar a las manos, en parte por la arrogancia e imprudencia de Tamid, y en parte por el orgullo y el temperamento de Carid y Astaruga, pero finalmente se llega a un acuerdo, que se sellará esa misma noche con un banquete de paz. Inmediatamente,  empiezan a especular con una emboscada o un intento de asesinato y tratan de asegurarse de organizarlo donde más les convenga.

Cuando Segalid intenta hacerse con una sala le dicen que ya Per Egol ha pedido una, lo que no hace más que aumentar sus sospechas, sobre todo cuando descubren que está apartada de los patios principales, en una zona perfecta para una traición. Segalid se encarga de “preparar la velada” cerrando la mayor parte de los accesos para impedir que sean rodeados, y a través de la bruja Qarum consigue que un capitán de la guardia de confianza les proporcione varios lanceros. Pero cuando uno de ellos parece nervioso y se excusa por un momento, la paranoia del grupo se dispara aún más.

Entretanto, Carid se las ha arreglado para emborrachar a Talcoren y sacarle que, en realidad, Motegüe no favorece especialmente a los lobos, sino solo a los jabalíes. Parece que mencionó a la gente-lobo para aprovecharse de su enemistad con Tamid. Éste lo invita, con los suyos, al banquete de paz, ya que el grupo ha decidido poner en la misma mesa a las tres facciones para obligarlos a enfrentarse y ver quién les miente y quién les dice la verdad. Por el mismo motivo, Astaruga invita a Caogar y los suyos, que habían estado emboscados por si el arbitraje se resolvía en puñaladas. Ya que en teoría se iban a tratar también asuntos comerciales, Sargo invitó a sus contactos pandalumes.

El resto del día fue invertido en decidir cómo organizar los asientos durante el banquete de modo que nadie se sintiese ofendido o menospreciado. Pasaron horas trazando esquemas, decidiendo a quién colocar en la cabecera de cada mesa y dónde colocarse ellos, quiénes no podían sentarse juntos, quiénes tenían mayor posición y quiénes menos. Mal que bien, se las arreglaron para sentar a todos los invitados, aunque esto no impidió a varios de ellos quejarse, especialmente a Tamid que, viéndose como el homenajeado, reclamaba entretenimiento y un sitio mejor.

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Pero toda la preparación se fue al traste cuando, de improviso, el propio Motegüe, acompañado de partidarios y juramentados, se presentó en el banquete sin previo aviso. ¿Quién lo habría avisado? ¿El lancero? ¿Per Egol? ¿Caogar, Tamid? Lo cierto es que los tres se levantaron a saludarlo, y hubo que cambiar de sitio a la mayor parte de los invitados para acomodar al hermano del caudillo en el lugar que su calidad requería. La situación se puso tensa cuando uno de sus partidarios sugirió una libación en su honor y Velcor, un hombre lobo de carácter agrio y mal genio, se negó a levantar su copa. Se alzaron voces y se manosearon hierros, pero la situación se calmó sin que llegar a correr la sangre… aún.

Lo que si fluyó fue la información, al compás de las confidencias, el vino, y tantas facciones en un espacio cerrado y reducido. Motegüe mostraba un interés claro en Segalid y en la jarra, mientras que Sargo servía de intermediario con Estrela y los lobos, Tamid con Talcoren y su gente, y Astaruga descubría en Per Egol una nostalgia de las viejas glorias gargales que se traducía en resentimiento hacia los armas y sus leyes. Un sentimiento que también le manifestó Caogar, que le recordó todos los oficios, cargos e incluso puertas que les estaban cerrados a ambos, simplemente por ser el uno gargal y el otro mediarma.

Las conclusiones de la velada no fueron menos claras por ser preocupantes. Caogar, Per Egol y Motegüe son partidarios de la Máscara Real. Del Chan no les interesan ni las sedas ni las especias, solo armas y suministros de guerra. La campaña de Cabezas Muertas para la que quieren un ejército del Ras no es de pacificación, sino un primer paso para entregar los Seis Dedos a la Real. Y lo que es peor: Anlecar no está del todo convencido, pero a ellos no les importa. Si el caudillo no va a hacer lo que se espera de él, hay otros candidatos con partidarios y juramentados.

Motegüe y Per Egol planean asesinar a Anlecar.

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