Resumen de la Partida IV

La semana pasada hubo un problema de agenda (me siento como un político que no quiere acudir a un acto donde lo van a abuchear diciendo esto) y no pude poner la actualización en su momento. Ante todo me disculpo por el retraso. Continuemos con el resumen de la primera partida de Máscaras de Matar.

Habíamos dejado a los personajes descubriendo que Per Egol y Motegüe pretenden asesinar a Anlecar para hacerse con el control de sus partidarios y con el ejército que va a financiarle el Ras para poner paz en Cabezas Muertas. Pero la cosa no acaba ahí.

A lo largo de los días siguientes, en varias conversaciones con Per Egol y Caogar, Astaruga descubre que las cosas son mucho más complejas de lo que parecen. Tanto el gargal como el mediarma lo consideran ya plenamente un partidario suyo, y discuten sus planes abiertamente. Resulta que Caogar, según afirma, tiene los bastantes juramentados y aliados como para deshacerse de Motegüe y Per Egol y hacerse con el control de la corte; solo lo detiene el hecho de que Per Egol es el único que posee los medios para contactar con los agentes de la Máscara Real. Si logra descubrir cómo lo hace y suplantarlo, el hombre-jabalí pretende convertirse en caudillo y entregar Cabezas Muertas a la Real.

Entre tanto, Carid ha acudido a la Casa de los Toros para contar a las máscaras mayores de su feral lo que han descubierto. Una de las máscaras, el Astrión, un manamaraga desnudo y pintado de rojo, con una máscara de hierro negro, propone limitarse a matar a todos los jefes de la corte de Anlecar, pero prevalecen cabezas más frías. Mientras él está reunido con sus mayores, Segalid ha acudido a reunirse con la lai que la envió a la corte de Anlecar en primer lugar, quien al escuchar su informe le ordena ejecutar inmediatamente a Per Egol para cortar la conexión de los conspiradores con la Real.

El consejo envía a Carid a hablar con las máscaras mayores del feral del Ciervo acompañado de Segalid, sin explicarle el por qué. Carid sigue sin saber que Segalid es en realidad una lanzái copa, aunque por su comportamiento durante el banquete y sus continuas idas y venidas todos empiezan a sospechar que algo extraño ocurre con ella. Los ciervos, que han estado presionando al Ras para apoyar a Anlecar, prometen tener en cuenta la información, pero no dejan traslucir qué medidas van a tomar exactamente, si es que van a tomar alguna.

Al regresar al palacio, Astaruga pone al resto al tanto de sus descubrimientos: entre otros, que el ataque contra Anlecar puede ser inminente, y que puede desembocar en un enfrentamiento interno entre Motegüe, Caogar y Per Egol. Segalid se las arregla para conseguir una audiencia privada con el caudillo con el fin de ponerle sobre aviso, mientras el resto trata de diseñar una estrategia para evitar que, incluso si no se comete el asesinato, los conspiradores reúnan a los suficientes partidarios como para entregar la región a la Máscara Real.

Pero justo en el momento en que se abren las puertas de la sala de audiencias de Anlecar, en el preciso instante en el que Segalid alcanza a verlo conferenciando con Tamid, el hombre-lobo, al que han visto conferenciando con los conjurados, patrullas de juramentados de Anlecar detienen a Sargo, Astaruga y Carid a punta de lanza.

Llevados ante la presencia de Anlecar, éste los acusa de estar conjurados con su hermano y Caogar, y de conspirar para asesinarlo. Afirma que se lo ha contado todo precisamente Tamid, que es un espía suyo, infiltrado entre los conjurados desde hace meses: él los vio bebiendo con Caogar y Per Egol, reuniéndose con Motegüe y accediendo a sus planes. El caso está claro.

Se cruzan acusaciones y llegan a tentarse los hierros delante del trono de Anlecar, ambas partes denunciando a la otra como parte de la conspiración. Cuando la sangre parece a punto de ir a llegar al río, súbitamente, uno de los guardias se desploma con un dardo clavado en la garganta. Luego otro. Se oyen gritos y carreras en el pasillo. Refugiados en uno de los nichos que rodean la sala de audiencias, se ven sometidos a la famosa carga de una pareja de talafuratas, salidos de la sombras.

Via Wikimedia Commons

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Durante la batalla siguiente Astaruga y Carid se traban en combate con uno de los asesinos, mientras el otro se lanza hacia Anlecar, que está rodeado por Tamid, Sargo y Segalid. El hombre-lobo se derrumba, herido en la cadera, y solo un tajo rápido de Segalid, que secciona la mano del talafurata a la altura de la muñeca, salva al caudillo mediarma de la muerte. Entretanto, el hombre-toro y el jabalí han derribado al otro asesino, al que Anlecar degüella sin contemplaciones, afirmando que no se puede sacar información de un talafurata derrotado. Aún así, los demás intentan interrogar al que ha quedado manco, cuya única respuesta, ya pálido por la pérdida de sangre, es intentar otra cuchillada con la mano sana, por lo que tienen que ser rematado.

Al salir de la sala de audiencias se encuentran el palacio sumido en el caos. Al parecer el ataque de los talafurata ha sido masivo, con varias decenas de asesinos asaltando el palacio al mismo tiempo; nadie sabe quién los ha enviado. Aunque el grupo sospecha de los conspiradores, corren rumores de que Motegüe y Caogar han sido atacados también, y de que Dercade, el otro hermano de Anlecar, está muerto. Transcurren horas de confusión mientras tratan de reunir a todos los guerreros disponibles en el mismo punto, poner a salvo a los no combatientes, y localizar a los talafurata que puedan estar deambulando por el palacio.

En el proceso descubren que Per Egol se ha refugiado con las mujeres de Anlecar en el harén, pero cuando van a buscarlo se encuentran a las concubinas encerradas en una habitación con la puerta bloqueada, y los cadáveres de la madre y la esposa principal de Anlecar degollados y sin máscara en el salón. Las concubinas les cuentan, aterrorizadas, que Per Egol las degolló a las dos y salió huyendo, de lo que deducen que se enteró de que el ataque no estaba dirigido solo contra Anlecar y lo vio todo perdido.

Cuando regresan al punto de reunión se encuentran a los guerreros divididos claramente entre los partidarios de Anlecar y los de Motegüe y Caogar. Los dos hermanos se miran torvamente por encima de las cabezas de sus seguidores. Finalmente se organizan dos partidas: una continuará asegurando el palacio, y la otra se internará en los túneles excavados en la roca debajo del mismo, donde se cree que se ha refugiado Per Egol, en un viejo santuario gargal.

via Wikimedia Commons

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Aún así, se sigue conspirando. Caogar propone a Astaruga separar a Motegüe de sus juramentados y asesinarlo. El gargal accede, pensando en hacer lo mismo con su pariente una vez hayan liquidado al hombre-ciervo, pues Anlecar ha dejado claro en privado, tácitamente y sin comprometerse, que no tendría ningún inconveniente en que ninguno de los conspiradores regresara vivo a la superficie.

Así, en la profundidad de los túneles bajo la colina, rodeados de humedad y gélida roca, se desencadena un combate sangriento en el que Motegüe y un par de los suyos, que no se separan de su lado, acaban cayendo, pero están a punto de acabar con los atacantes.

Astaruga pierde un ojo y casi la máscara de un golpe con el asta de una lanza, y todos los demás reciben también alguna que otra cuchillada, mientras Sargo, que no es un guerrero ni nada que se le parezca, trata de mantenerse al margen y restañar las heridas de su compañero. Pero cuando se vuelven contra Caogar es el propio Sargo quien, tomando una lanza del suelo, acaba con la vida del hombre jabalí clavándosela en la garganta.

En este punto, los personajes empezaron espontáneamente a decapitar a los caídos y llevarse las cabezas como trofeo, algo que creo que no había mencionado explícitamente, aunque sí había insistido mucho en los cráneos que decoraban cavernas y salones. Después de meses jugando e interpretando, rodeados de las descripciones de Minacota y las costumbres de armas, montañeses y gargales, ya tenían asumida buena parte de la cultura de los Seis Dedos.

via Wikimedia Commons

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Quedaba solo Per Egol, al que encontraron finalmente en un templo laberíntico en las profundidades. A medida que se acercaban, la voz del escriba retumbaba en los túneles, acusando a Astaruga de traidor a su pueblo y añorando las pasadas grandezas de los gargales, que la Máscara Real les permitirá recuperar. La Real, afirma, es solo un primer paso. Igualarlos a todos supone humillar a los armas, y eso por sí solo permitirá a los gargales recuperar el lugar que les pertenece por derecho, Máscara Real o no. El propio Per Egol no comprende la locura de lo que está diciendo: el pretender que la Real pueda ser controlada o manipulada, o que se pueda negociar con ella.

Cuando finalmente alcanzan la cámara sagrada del santuario, el escriba huye, refugiándose en catacumbas aún más profundas, pero les deja con algo inesperado. De detrás del altar surge una joven, a la que reconocen como una de las criadas del banquete, cubierta de tatuajes como los comercúes del Alto Norte. Pero esta vez lleva una máscara de pómulos altos y ojos rasgados, de expresión serena y cruel, vagamente ofídica, y forjada en hierro negro.

Heridos y fatigados tras combatir a los talafuratas, a Caogar y a Motegüe, la máscara menor está a punto de acabar con Astaruga y Carid, pero finalmente sucumbe, el torso atravesado a cuchilladas y el cambuj arrancado de su rostro. Entre las manos del gargal, el hierro se oxida y se agrieta, convirtiéndose en polvo apenas la portadora exhala el último aliento.

Y mientras tanto, Segalid abandona a sus compañeros para intentarse en las catacumbas tras el gargal, que trata de atacarla con una daga en las sombras. Cuando los otros están despachando a la máscara, la lanzái copa reaparece con la cabeza ensangrentada de Per Egol en la mano. Se hace un silencio de muerte al verla, armada y ensangrentada, que termina por confirmar las peores sospechas de los presentes.

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Al salir a la superficie, exhaustos y ensangrentados, se encuentran a Anlecar sentado ante una pila de cabezas cortadas de talafuratas. Convencido ya de que no son parte de la conspiración, agradece al grupo sus servicios, otorga a Sargo como botín de guerra las posesiones de Caogar, incluyendo sus concesiones comerciales, y está de acuerdo en mantener el trato hecho por sus difuntos parientes respecto a la nueva ruta comercial. El Ras, sin embargo, no le proporcionará un ejército, por lo que partirá de nuevo al Alto Norte en cuanto haya sido capaz de poner orden en su casa.

Los personajes se reúnen una última vez, decidiendo su destino. Sargo y Astaruga partirán al norte con Anlecar para establecer la ruta comercial, y ofrecen a Carid que los acompañe como guardaespaldas. Nadie quiere hablar con Segalid, que trata de tener una conversación privada con Carid. Éste, resentido por las mentiras y los secretos, se niega a prestarle atención.

He descubierto que no todas las máscaras se llevan puestas, y que la gente en la que más confías puede estarte engañando de principio a fin aún a cara descubierta. No quiero saber nada más de ti.

Y con esta frase, improvisada por el jugador y que resume perfectamente la esencia de la historia, terminó la primera partida de Máscaras de Matar.

Dos cosas que no surgieron durante el juego y por tanto los personajes nunca adivinaron: las máscaras mayores del feral del Toro y Motegüe contrataron al mismo lar talafurata para ocuparse, respectivamente, de los conspiradores y de Anlecar, de modo que el lar se limitó a enviar a un solo grupo de asesinos a encargarse de ambas misiones; y Per Egol estaba usando la máscara menor para comunicarse con la Real, por métodos que no quedan del todo claros.

La próxima semana hablaremos del proceso de desarrollo de las reglas, que ya está bastante avanzado, y de cómo hacer que el sistema contribuya a los temas de la ambientación, de manera que no represente acciones puramente abstractas, sino algo profundamente enraizado en el carácter y la cultura de los Seis Dedos.

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