Especial 1 de Mayo: El Trabajo en los Seis Dedos

La entrada de esta semana iba a ser sobre las Fases de Fate y su adaptación a Máscaras de Matar, pero como ha coincidido con el Día del Trabajador vamos a hacer otra cosa y tirar por el lado del trasfondo, que está un poco abandonado últimamente. Hoy vamos a hablar del trabajo y la economía en los Seis Dedos.

Es un aspecto que me parece importante, porque en los juegos de rol hay una tendencia preocupante a lo que en inglés llaman murderhobos (“vagabundos asesinos”): personajes sin oficio ni beneficio conocido, sin familia, ni más amigos que otros personajes jugadores, que van recorriendo el mundo haciendo el bien matando cosas y quitándoles sus pertenencias. Eso en Máscaras de Matar no funciona, por el sencillo motivo de que, según hemos mencionado, las sociedades de los Seis Dedos y del Chan se basan en las redes de clientela y los lazos rituales. ¿Para qué quieres jugar en este universo si tu personaje va a ser un ente aislado?

Y gran parte de esos lazos rituales pasan por el trabajo. En la novela vemos algunas pistas. Corocota se encuentra con dos mujeres urraca apostadas en un alto de Minacota, y aunque es lógico suponer que son soldados al servicio de la ciudad, creo que no lo son. En primer lugar porque la fuerza permanente de la ciudad son los alguaciles, mercenarios momgargas la mayoría como se menciona en los primeros capítulos; en segundo lugar porque nunca se usa el término para definirlas, y ni siquiera llevan el rojo y amarillo al que tienen derecho hasta los alguaciles. Son, pues, ciudadanas privadas que están desempeñando una labor para la ciudad. Y no es el único caso. Viboraz tiene su profesión como guía de caravanas, pero cuando las máscaras mayores de su feral le encargan una misión, obedece sin rechistar.

Así pues, está claro que existe cierta obligación de obedecer al feral, seguramente también al gobierno de la ciudad, para ciertos trabajos. Es una situación similar a la que se daba en el antiguo Egipto, en la que los ciudadanos tenían la obligación de participar en obras públicas del Estado en determinados momentos del año, cosa que probablemente se extienda al servicio militar, la agricultura, etcétera. En el apartado de trasfondo del libro hay más detalles sobre el funcionamiento del sistema y cómo se redistribuye el producto, que no lo voy a poner todo aquí.

Porque el producto se redistribuye: las sociedades son unidades económicas y políticas, no solo sociales. Del lar Eitir Ogúa se dice que “tiene intereses en caravanas”; del lar yeyáus de Gaiola, que juega a varias bandas. Es decir, los lares pueden acumular propiedad, invertirla, y distribuirla entre sus miembros, y es de suponer que los ferales y demás también. A Cosal los mayores del suyo le regalaron una espada por su nacimiento, y sabemos que quien se ocupa de llevar a las recién nacidas con las brujas es una máscara menor: esto supone una presencia constante del feral en la vida de todos los armas, desde el nacimiento a la muerte.

Resumiendo: los ferales y lares tienen entidad económica, son capaces de acumular capital, invertirlo y distribuirlo, y disponen de la fuerza de trabajo de sus miembros para obras de interés común, algunos tan específicos como enviar a un agente solitario a enfrentarse al Cufa Sabut. ¿Significa esto que los armas y sus vecinos son una sociedad totalmente intervenida? No.

La iniciativa privada nunca desaparece. Viboraz tiene su trabajo, como hemos dicho, de guía de caravanas. Palo Vento es escriba, y de hecho no le vemos actuar por cuenta del feral en ningún momento. Cosal trabaja para el Ras, que es una de esas entidades capaces de movilizar trabajadores, pero es su profesión, no una obligación como la que tendría hacia su feral. A lo largo de la novela vemos caravaneros, hierbateros, herreros (aunque muchos son gente-león… quizá esa es una de las formas que tiene el feral de financiarse), buhoneros y muchas otras profesiones. Todos a título privado. Pero cuando el feral llama, hay que acudir. No sería extraño, según me dice el autor, ver a Corocota segando trigo en Lamperuga cuando llegue el otoño.

Esa es, pues, la vida del trabajador en los Seis Dedos. Cada uno tiene sus talentos y sus habilidades, su iniciativa privada, y puede participar en la economía por cuenta propia (Palo Vento) o ajena (Viboraz, Cosal). Sabemos que existe la moneda porque Peitorcal tiene un collar de pesos, y a Corocota se le paga en pesos rituales por las muertes de rompevedas. Pero también existe el trabajo “forzado”, o mejor dicho, “obligado” como parte del pago de la deuda que cada persona tiene con su feral o sociedad por el papel que desempeña en su vida, y que a su vez se compensa con la redistribución de bienes y servicios (las mujeres urraca de Minacota, Corocota segando en otoño). Y finalmente, hay formas de trabajo autónomo, pero conectado con una institución superior que da las órdenes y probablemente recibe una parte de los ingresos, como es el caso de las altacopas y posiblemente la gente-león.

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Acerca de enriquecasv

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