Pueblos Menores de los Seis Dedos y el Chan

En una entrada anterior, el Glosario de los Seis Dedos, vimos que hay alrededor de una veintena de nombres de pueblos identificados a lo largo de Máscaras de Matar. De los tres pueblos gorgotas, armas, mediarmas y gargales, ya hemos hablado en su momento, así como de los pandalumes. Pero estos, aunque son los más importantes, los más extendidos e influyentes, forman solo una parte de la población de los Seis Dedos y el Chan. En las enormes extensiones de los llanos, en los bosques del Alto Norte, en los valles del Bal Bartán, e incluso entre los riscos y los desfiladeros del mismo Carauce, pueden encontrarse otros pueblos con distintas lenguas, tradiciones y costumbres.

No es tan extraño que haya multitud de pueblos distintos en un área relativamente pequeña, y menos una tan escarpada como los Seis Dedos y las regiones circundantes. Si buscamos ejemplos históricos, en la batalla de los Campos Cataláunicos, que supuso el principio del fin del imperio de Atila, y a la que se ha llamado “la Batalla de las Naciones”, hubo presentes alrededor de veinte etnias distintas, y eso si no separamos a las tribus del mismo pueblo (por ejemplo, lucharon tres contingentes distintos de francos) y si descontamos los que probablemente son interpolaciones literarias de los cronistas. Y en el Imperio Otomano, de orografía similar a la que nos ocupa, aunque extensión muchísimo mayor, encontramos, según Wikipedia, alrededor de cuarenta lenguas distintas. Solo en el Cáucaso se cuentan unos cincuenta grupos étnicos.

Costumes of All Nations (1882) via Wikimedia Commons

Costumes of All Nations (1882) via Wikimedia Commons

Esto no quiere decir que los grupos sean fácilmente identificables, que sus costumbres sean radicalmente diferentes en todo, o siquiera que las etnias sean fijas y estables. En la fantasía en general nos hemos acostumbrado, creo, al concepto de “razas” más o menos inmutables, con las que identificarnos fácilmente, y el problema se agrava en los juegos de rol. Si queremos dar un poco de realismo al asunto, no podemos funcionar así. Puestos en una rueda de reconocimiento, ¿qué diferencia a un ruso de un gaditano o de un neoyorkino, a menos que abran la boca? ¿Qué diferencia a un payo de un gitano, a un judío de un cristiano, a un serbio ortodoxo de un croata católico y de un bosnio musulmán? ¿Qué distingue a un pandalume de Parautapedra de un arma de la Isla del Oro?

Muchas cosas, pero pocas son visibles a simple vista. Quizá una forma particular de combinar ropas que, por otro lado, son prácticamente idénticas. El corte de pelo y detalles similares, posiblemente. Pero todo esto es extremadamente precario, y no está escrito en piedra. Las modas cambian, los pueblos se influyen unos a otros, y en realidad, incluso cuando la vestimenta está codificada culturalmente,  siempre hay una aportación personal en mayor o menor medida. Es en el trato diario, en los usos y costumbres íntimos, en las fiestas y ritos de paso, donde se ve la diferencia.

Además, los grupos fluyen, y sus bordes son muy porosos. El Alto Juez Tucatuca es medio hermano del rei de Corgo, un pandalume. Los balbucas, los jacar y los glutaga son técnicamente mestizos y en el primer caso incluso se sabe qué pueblos les dieron origen con su mezcla, pero a todos los efectos prácticos son etnias independientes, y llegan a ostentar el poder en algunos lugares. Los puces son parte de los gargales, y los necas de los falises, pero el prestigio y la influencia que tienen hace que sus nombres suenen casi como pueblos independientes. Lo mismo pasa con los lagoáns; y no viven igual un escriba de Minacota, un criador de caballos de Lamperuga y un bandolero de Cabezas Muertas, por mucho que sean todos armas. Hay ferales enteros de manamaragas, casi grupos independientes, por no hablar de los mochas-pochas. Otras veces se produce el efecto contrario: para muchos armas de ciudad, un montañés es un montañés, sea arma, gargal o mediarma, y un nómada es un nómada, sea ancavele, falise o truro.

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Esto quiere que, si no nos queremos pasar de exhaustivos, podemos agrupar a los pueblos en grandes categorías, atendiendo básicamente a la geografía y al modo de vida. Para volver a los ejemplos del mundo real, los cronistas romanos a menudo tenían problemas distinguiendo a los germanos de los celtas en la región del Rin, y aunque un experto se tiraría de los pelos, a un visitante ocasional le parecerán idénticas las culturas nómadas de mongoles, kazajos y kirguises. Por esa regla de tres, una aldea de campesinos del Alto Norte, encajonada entre el río y el bosque, es prácticamente idéntica a la siguiente, sean sus habitantes caralocas o curucas, y un campamento nómada es difícil de distinguir de otro, hablemos de alganóus o de sensis.

A la hora de desarrollar a los pueblos “menores” los he dividido en cuatro grupos atendiendo precisamente a esas dos características: habitantes del Alto Norte y del Chan, nómadas y sedentarios. Entre los sedentarios del Chan tenemos, además de a los pandalumes, a los cinca, a trocalumes sedentarizados como los yeyáus, y a pueblos procedentes de lugares lejanos, como grupos de goro del Urante o de cou-tou, posiblemente originarios del Sursur. Los nómadas de las llanuras están representados, además de por los trocalumes, por los falises (y sus parientes los necas), los truro (y los ejún-truro), los calagines, los ancavales, los sensis y los alganóus, que, a juzgar por el nombre, quizá tengan algo de trocalume. Están también los calisefom, que procedentes del norte del Urante a veces se introducen hasta el Chan Menor.

De Neuville, The Huns at the Battle of Chalons, via Wikimedia Commons

De Neuville, The Huns at the Battle of Chalons, via Wikimedia Commons

En cuanto a los habitantes del Alto Norte, los más conocidos son los caralocas y los lagoáns, que a su vez son pandalumes, pero no son los únicos. Hay en la novela una sola mención a un “buhonero curuca” en una caravana que viene desde Aspoulas, y es de suponer que habrá otros muchos pueblos de granjeros sedentarios en los bosques. Pero hay también nómadas, o más bien cazadores-recolectores, vagabundos que se mueven por lo profundo de las selvas y siguiendo el curso de los ríos: comercúes y cucurinass, y quizá los uselgueres, que aunque aparecen mencionados en el Chan, lo son como gentes de un lugar lejano, que bien podría ser el Alto Norte. Quedan también, desde luego, los jayanes y los patacones.

Pero no basta con limitarse a soltar nombres. Aunque el espacio no me lo permitía, y la prudencia me desaconsejaba pasarme, he añadido en cada uno de estos pueblos algún detalle diferente, un rasgo cultural que los caracterice, por supuesto sacado de la novela siempre que ha sido posible. Así, he extrapolado los tatuajes de la criada de Rau Branca a todos los comercúes, y las pinturas blancas y negras de las mujeres uselgueres a todo su pueblo. He hablado de las ropas de vivos colores de los truro y las mujeres veladas de los ancaveles, de las máscaras de cuero de las lais yeyáus…  Otros detalles, como la diferencia entre tribus nómadas criadoras de vacas o de ovejas, entre lagoáns habitantes de los pantanos y caralocas de tierras más firmes, se han incluido también cuando ha parecido adecuado.

Edwin Lord Weeks, via Wikimedia Commons

Edwin Lord Weeks, via Wikimedia Commons

En resumen, me parece muy importante mantener la impresión de que los Seis Dedos son una región limítrofe, un crisol de pueblos y razas distintas que se mezclan entre sí, que comparten una historia común y se enfrentan, que se distinguen en algunas cosas pero se parecen mucho en otras, y que se ven influidas por el medio en el que viven y la economía que las sostiene. Estos veinte nombres no son más que los de algunos de los pueblos más representativos, pero no se debe dejar morir el misterio de la novela, la sensación de no saber, de que hay un mundo inmenso más allá de la página que transmite el hecho de que palabras como “curuca” o “alganóus” aparezcan una sola vez. Definir a todos los pueblos de los Seis Dedos y el Chan, describirlos como un etnógrafo, hacer una lista, solo sirve para anquilosarlos.

¿Quién sabe si los habitantes de un determinado valle de la Sierra Ongada se consideran puces, o un grupo distinto? ¿Quién sabe si toda la población del Valle del Magaz está compuesta de gorgotas, o si entre ellos hay bolsas de pueblos más antiguos, o inmigrantes momgargas del sur o del oeste? Y no todos los habitantes de las ciudades del Chan son pandalumes o cincas; cada oasis, cada ciudad comercial, cada meseta y región de colinas, tendrá seguramente su propia cultura y tradiciones, su propio pueblo, cuyos hijos pueden de pronto aparecer en Yribse Magul, al otro extremo del mundo.

Las descripciones de pueblos que vamos a dar en el libro son, pues, poco más que una guía: son el mínimo de lo que se puede encontrar al norte del Ríorrío, no una lista exhaustiva.

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