Los Grandes

No, hoy no vamos a hablar de clásicos de la música.

Como ya hemos mencionado alguna vez, la sociedad de los Seis Dedos es muy diferente a la que estamos acostumbrados, y especialmente al modelo genérico “medieval” (que no lo es tanto) de la fantasía clásica. No existen estrictamente las fronteras territoriales, y la autoridad es personal y basada en el clientelismo y la influencia. Hoy hablaremos de quienes ejercen esa influencia: los grandes.

Entre los gorgotas, la autoridad no se hereda, sino que se consigue por los propios méritos; al menos en  teoría. Son las hazañas y los méritos de un hombre o mujer lo que le permiten atraerse la adhesión de otros; al lograr influencia, puede a su vez hacer favores a terceros, de manera que éstos le quedan obligados por una deuda, y de este modo, si juega bien sus cartas y sabe tratar por igual con aliados y con enemigos, su poder puede ir creciendo exponencialmente, y pasar de jefe local a un gran caudillo o señor de la guerra. Quizá incluso pueda llegar a ser un gran jefe y vestir el rojo y oro.

Caudillo Montañés

Caudillo Montañés, por Aythami Cruz

En la novela tenemos ejemplos a varios niveles. Lobo Feroz es un jefe montañés, un señor de la guerra de rango medio o bajo, renombrado y muy temido, pues de lo contrario no le habrían dado el título que lleva por nombre, pero no demasiado influyente en el gran esquema de las cosas. Tiene seguidores, aparentemente varias docenas, lo suficientemente dispersos por las Tierras Altas como para que tarden en reunirse, y lo bastante numerosos como para que, si lo hacen, se sepa. Pero al fin y al cabo parece ser un jefe local.

Mucho más interesantes son los cuatro grandes jefes mencionados durante la guerra del Oga Pantera, de los que solo conocemos un nombre: Palo Cence, el más grande de los cuatro. Pero si sabemos tan poco, ¿por qué son tan interesantes? Porque representan prácticamente el pináculo de lo que se puede conseguir en la sociedad gorgota a base de carisma y hazañas.

Estos cuatro jefes fueron capaces de levantar un ejército lo bastante grande como para plantar cara a la coalición del Oga Pantera, formada por numerosos eredales mediarmas, tribus caralocas, jayanes y patacones. Es decir, un ejército numeroso y bien armado, compuesto no solo de armas sino también de otros pueblos. Aunque con ayuda del Ras, y sin duda conteniendo mercenarios, esto nos da una idea de cuánto se pueden extender las redes clientelares y de influencia de un gran jefe: lo bastante para alzar un ejército e incendiar las montañas o las llanuras.

Hombre oso montañés (boceto), por Leonardo Molina

Hombre oso montañés (boceto), por Leonardo Molina

Recordemos que los seguidores de un jefe pueden ser jefes a su vez, y tener sus propios seguidores, que los acompañarán al servicio de su superior. Es un sistema parecido al de las huestes feudales, pero basado no en la herencia o en el derecho, sino en los lazos puramente personales.

Así pues, una vez uno viste el rojo y oro y es capaz de alzar ejércitos, ¿qué queda? Queda convertirse verdaderamente en uno de los grandes.

Tanto los gargales como los mediarmas tienen fórmulas para separar a los más grandes de los jefes del común de los mortales y convertirlos en algo distinto y de una dignidad especial. El caso de los armas es un poco distinto.

Para los gargales, los más respetables de los jefes son los reyes brujos. Aparentemente es el consejo de ancianos de un pueblo gargal el que otorga el título, que da acceso a ciertos secretos, máscaras mayores, y las catacumbas de los templos subterráneos de los gargales. Pero no cualquiera puede ser un rey brujo. No basta con las hazañas guerreras: al rey brujo se le presupone sabiduría, buen juicio, un buen conocimiento de las tradiciones y los ritos gargales, y por supuesto conocimiento de la magia y la forja de máscaras.

En la novela tenemos dos ejemplos: el Rey Rojo, portador de una máscara mayor, sabio y filósofo, y capaz de forjar la Máscara Real, además de guerrero competente, y los hermanos Mutel, que comenzaran su carrera como bandidos y son expertos políticos, generales e intrigantes, pero renombrados también por su magia. Sin embargo, no portan máscaras mayores. También ellos son herreros y forjadores de máscaras, y este es un detalle que no debemos olvidar.

Los dioses-vivos de los mediarmas también obtienen esta categoría a través del puro carisma y la influencia. En la novela tenemos dos, pero ambos son excepcionales: don Tavarusa, un ogro, y Trapaieiro Porcaián, un mascareno (“bueno, algo parecido”, que diría él). El primero es un potentado, un gran jefe con un enorme séquito formado por gentes de todos los pueblos, que un día gobernó un principado en el Bal Bartán, fue exiliado, y conservó la suficiente influencia como para llevarse consigo a una enorme corte de montañeses, brujas, santones y devotos. El segundo podría ser igual de grande si quisiera, pero prefiere ir a su aire y sin ataduras; sin embargo, le acompañan varios guardaespaldas, se puede hacer seguir de gente de guerra cuando lo necesita, y “gentes de todo eredal y condición” le rinden homenaje al cruzárselo.

via Wikimedia Commons

via Wikimedia Commons

Tal es la reputación de un dios-vivo, que incluso aquellos que no son sus seguidores le reconocen y le rinden pleitesía como uno de los grandes, alguien de tal influencia, poder y carisma que ha sido divinizado en vida por sus seguidores. Naturalmente, ogros y mascarenos serán una excepción; de los pocos dioses-vivos que puede haber en un momento dado, la mayoría serán montañeses normales.

Reyes brujos y dioses-vivos son tan reverenciados que los mismísimos cazadores de cabezas de los armas tienen prohibido molestarlos, sin importar lo que hayan hecho. Les están vedados a los guardianes de las vedas. Esto no significa que sean impunes: quien otorga el título de rey brujo lo puede quitar, y generalmente esto va acompañado de una sentencia de muerte. Pero es importante tener en cuenta que son, en teoría, sacrosantos e inviolables. Tal es el nivel de respeto que concitan.

¿Y qué pasa con los armas? ¿no tienen un equivalente?

Veamos. Debe ser alguien a quien se le suponga sabiduría, buen juicio, conocimiento de las máscaras y de su forja, acceso a máscaras mayores, y habilidad guerrera. ¿Quién hay así entre los armas?

Hombre león

Hombre león, por Iñaki Sendino

Efectivamente. La gente león recluta entre los jefes más prometedores de todos los ferales, e incluso de otros pueblos, los asimila y los transforma en la aristocracia de servicio de los armas, de manera que con el tiempo puedan ascender hasta convertirse en jueces al mando de una colonia o ciudad arma, o incluso en Alto Juez. Sabemos que los que dirigen colonias como la de Gaiola tienen acceso a máscaras mayores, y sabemos que la gente león es conocida por su habilidad como herreros y orfebres; ni que decir tiene que, como administradores de las posesiones armas, tienen que ser avezados políticos y generales, además de buenos guerreros.

No parecen particularmente dotados para la hechicería, pero tampoco los dioses-vivos, y no hay que olvidar que el arte de la forja lleva a la creación de máscaras, algo que en la mente gorgota está muy relacionado con la magia y el poder, y es uno de los elementos que define, por ejemplo, a un rey brujo.

No todos los miembros del feral del león serán equivalentes a un rey brujo o un dios-vivo, por supuesto. Probablemente solo el Alto Juez y los que se hayan hecho merecedores de máscaras mayores y un respeto particular. Y no queda claro que sean inviolables, aunque es de suponer que, siendo el Alto Juez quien encarga sus misiones a los cazadores de cabezas, al menos él está por encima de eso mientras ostente el puesto.

Así pues, he aquí a la cima de la pirámide social gorgota: dioses-vivos, reyes brujos y los más influyentes entre los hombres león. Si de algo podemos estar seguros es que pocos están ahí sin merecerlo, algo que no todos los pueblos pueden decir  de sus gobernantes.

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