Inspiraciones Históricas 2: Los Iberos

Ilustración de Nacho Molina en Deviantart

La semana pasada hablamos de cómo las inspiraciones históricas pueden servirnos para dar un carácter particular a nuestra interpretación del mundo de Máscaras de Matar (o de cualquier otro juego de rol) y al mismo tiempo ayudarnos a tener una referencia para determinadas prácticas culturales que pueden no estar en los materiales “oficiales”, pero que salen a colación durante las partidas. Y como prometimos, vamos a empezar con una cultura en concreto: los iberos.

Máscaras de Matar es, y esto no puede dudarse, fantasía a la española. En ningún otro lugar puede uno encontrarse a un guerrero vestido de rojo y gualda, armado con dos falcatas y con máscara de toro, al que todo el mundo llama “don”. Pero bromas aparte, podemos encontrar muchas similitudes entre determinadas prácticas y costumbres de los pueblos prerromanos de la Península Ibérica y las de los gorgotas. No olvidemos que León Arsenal tiene nada menos que dos novelas ambientadas en la España antigua: las Lanzas Rotas, en la Celtiberia romana, y El Hombre de Plata, en la Tartessos del siglo VI a. C. En esta segunda, Argantonio se pasea por su fortaleza cubierto con una máscara de bronce en forma de cabeza de toro, que seguro que nos sonará a los que hayamos leído Máscaras de Matar.

Pero volvamos a los iberos. Contra toda práctica decente de la historiografía (mis profesores se tirarían de los pelos) voy a usar el término como general, incluyendo aquí a los iberos propiamente dichos, los celtíberos, los celtas hispanos, y los tartesios. ¿Por qué? Porque me da la gana esto no es una publicación de historia, y lo que nos interesa son los elementos comunes y abstractos que podamos usar en las partidas. Otro día, en otro sitio, hablaré de esas culturas en profundidad.

De los iberos nos dicen las fuentes clásicas y la arqueología que, a partir más o menos del siglo IV o III a. C. se organizan en grupos de tipo familiar o clánico, que nos pueden recordar a ferales y eredales. De hecho las esculturas de toros y verracos a veces se interpretan como símbolos totémicos. En dichos grupos existe una aristocracia guerrera, identificada por la falcata, pero también se recurre a otros estratos de la población para combatir por el jefe, en función de lazos familiares y de lealtad. Son, como la mayoría de los gorgotas, soldados a tiempo parcial que toman las armas solo cuando se lo exigen sus obligaciones.

Esas obligaciones parecen ser lo que determina gran parte de las relaciones sociales y, como pasa entre los gorgotas, pueden ser tanto familiares como de juramento. Romanos y cartagineses, en sus guerras en la Península, recurren reiteradamente a la toma de rehenes, ya que su presencia (en teoría) impedirá a los sometidos rebelarse, para no causar el derramamiento de su propia sangre. Y al mismo tiempo, Índibil y Mandonio, los dos caudillos ilergetes, se unen a los romanos después de que Cornelio Escipión (por entonces aún no Africano) tratara con deferencia a sus parientes retenidos por los cartagineses tras la toma de Cartago Nova. Ambos juran fidelidad al romano, en un voto que no entienden como comprometedor de sus pueblos con la República romana, sino tan solo de sus personas con Escipión. Y junto con sus personas, por supuesto, todos los seguidores y guerreros juramentados a su vez con cada uno de ellos. Por eso cuando Escipión abandona la Península o corre el rumor de que ha muerto, los ilergetes “se rebelan”, es decir, pasan a enfrentarse a los romanos al considerar que han sido liberados de su juramento. Este es exactamente el modo en que funcionan las relaciones personales entre los gorgotas.

Los autores clásicos hablan de una serie de prácticas concretas relacionadas con este sistema de juramentos, a las que dan nombres latinos. Las principales son la devotio y la fides. La segunda no es más que esa relación de fidelidad clientelar, según la cual se debe acudir al combate cuando lo manda el jefe, prestándole apoyo a cambio de beneficios sociales. La devotio es un acto de entrega personal, por la cual una persona consagra su vida a otra ante los dioses, jurando obedecerlo y defenderlo, e incluso dar su vida por él. En Máscaras de Matar tenemos a los juramentados, a los que vemos en varias ocasiones interponiéndose entre su patrón y un venablo o un balazo. Entre los iberos se llegaba al extremo del suicidio si el patrón moría antes que el devoto; en Máscaras de Matar no tenemos ejemplos de esto, pero no sería descabellado del todo, aunque los gorgotas no parecen muy partidarios del suicidio, a juzgar por la reacción de Palo Vento ante el talafurata en la plaza Sangarea.

Estas prácticas nos hablan, como hemos dicho, de una sociedad basada en grupos familiares dirigidos por caudillos guerreros. No se trata de reyes al uso; una misma tribu o grupo puede tener varios caudillos según su prestigio personal, como es el caso de Índibil y Mandonio, o de los tres hermanos Mutel entre los gargales. Otros jefes guerreros parecen haberse dedicado, con sus seguidores, a la actividad mercenaria o el bandidaje, exactamente igual que Lobo Feroz y los suyos en las Tierras Altas, o el bandido Carog en Cabezas Muertas.

Pero hay que tener en cuenta que estos caudillos militares no son los gobernantes de sus grupos, ni en el caso de los gorgotas, ni en el de los iberos. En la novela se nos habla del Ras, de los consejos de máscaras mayores, y de los consejos de ancianos de los puces y del barrio gorgota de Gaiola. Y en la Península Ibérica conocemos casos como el de la revuelta de 195 a.C., en la que fueron los consejos regentes de los pueblos de la Hispania Citerior los que aceptaron las condiciones de Catón el Censor (entrega de las armas y destrucción de las fortalezas) pese a la oposición de los caudillos guerreros, muchos de los cuales se suicidaron antes que desarmarse. Pero lo que nos interesa aquí es el paralelismo: jefes militares con séquitos unidos por juramento y lazos de fidelidad, y un consejo de ancianos o magistrados que es quien gobierna en la práctica. Exactamente igual para iberos y gorgotas.

Así pues, podemos extender los paralelismos más allá cuando nos resulte necesario. La escultura en piedra y la pintura sobre cerámica iberas son buenas referencias estéticas, así como la vestimenta, que nos da tanto túnicas cortas de guerrero como pesados mantos como el de las Damas de Elche y Baza, que nos pueden remitir a las ropas recargadas de mandrágoras y reyes brujos. La caetra ibera nos da un ejemplo de escudo; la detallada y compleja orfebrería en oro, plata y bronce, un modelo para las complicadas alhajas de los gorgotas, sobre todo las de los gargales. Lo que se sabe de los asentamientos iberos, de su arquitectura y de sus costumbres nos puede servir como base para construir a los gorgotas. Por ejemplo, en un momento dado, al redactar el libro de rol, tuve que mencionar la alimentación de los montañeses. ¿Qué se come en unas tierras escarpadas donde no crecen bien los cereales? Según Estrabón y Plinio, los astures, en una situación similar, hacían harina con bellotas. No hay más que transplantar lo que sabemos de unas condiciones reales semejantes a un contexto ficticio, y listo.

Incluso podemos establecer un paralelismo entre los gargales, una cultura antigua y refinada, y los tartesios (y sus descendientes, los turdetanos, o, en Máscaras de Matar, los puces y otros pueblos gargales modernos), por un lado, y por otro los demás pueblos iberos, culturalmente relacionados y muy influidos por esa cultura, pero claramente distintos, más prácticos y de carácter más guerrero… como los armas.

Esto es solo un ejemplo de lo que se puede hacer. La semana que viene continuaremos con los celtas.

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