A Través del Desierto

Me recomiendan este artículo (no digo quien porque no sé si quiere que se tome su nombre en vano), que es muy interesante, y viene al hilo de lo que hemos estado hablando estas últimas semanas: Máscaras de Matar se presta muy bien a tomar ideas de la historia, tanto de culturas como de acontecimientos, y formar con ellos algo nuevo. Hoy vamos a hacer exactamente eso: a través de la historia de Yuder y los suyos, vamos a construir una campaña de Máscaras de Matar.

Para quien no tenga tiempo de leerse el artículo que enlazo, habla sobre una expedición organizada en 1590 por el sultán de Marruecos, destinada a apoderarse del reino de Songhai, desde donde partían las caravanas que traían el oro de África Central hacia el Mediterráneo. La expedición estaba formada principalmente por mercenarios andalusíes, descendientes de los moriscos expulsados veinte años antes por Felipe II, así como por cristianos renegados. El comandante era un tal Yuder, capturado de niño por piratas berberiscos, probablemente en Almería, y convertido al Islam, en eunuco y en confidente del sultán. La expedición tardó varios meses en cruzar el desierto, para luego seguir el curso del río Niger hasta Gao y Tombuctú, que tomaron sin mucha dificultad. Allí los llamaron “los arma” (ejem, ejem), bien por el grito de guerra en español, “al arma”, que a los de songhai les resultaba incomprensible, o bien del árabe ar-rumah, “fusilero”.  Aislados por el desierto, los “arma” se casaron con mujeres songhai y se convirtieron en una casta dominante que duró dos siglos.

¿Qué podemos sacar de todo esto? Mucho.

La aventura se escribe sola. Tenemos un lugar legendario, de donde procede el oro, situado al otro lado de un vasto desierto… el Urante, más allá del Chan Menor y de las rutas más transitadas del Mayor. Quizá cuando la hegemonía arma aún no se había consolidado, o en algún momento de crisis anterior o posterior, un caudillo de las primeras colonias del Chan decidió enviar una expedición para conquistar aquel legendario lugar.

Podemos imaginarnos la escena como si estuviéramos allí. Las tropas reuniéndose a las afueras de Erruza o de Gaiola, o quizá en una plaza amplia dentro de la ciudad. Las botas y las sandalias, los fusiles al hombro, las lanzas, las mulas, los asnos, los bueyes y los caballos, los aceros y las alhajas reluciendo al sol polvoriento que se levanta por el Este, el destino ignoto al que se dirige la expedición. Los bravos se pasean con los hierros en la faja, tratando de impresionar a las muchachas locales con historias de la riqueza que traerán del Urante; los más veteranos se apoyan en el brocal de un pozo y se cubren la cara para dormir con un ojo abierto, a la manera de los soldados, sabiendo que en cualquier momento sonarán los cuernos y empezará la marcha.

Detrás de los carros se acumulan cirujanos y barberos, mercaderes cargados de baratijas con las que liberar a los soldados del peso del botín, prostitutas, lanzáis copa, brujas de guerra y bailarinas. Los estandartes rojos y dorados, con los sellos de guerra, ondean en el centro, llamando a todos a la reunión, y a su sombra un grupo de jefes con máscaras conversa gravemente, repasando la ruta de la expedición sobre mapas dibujados a partir de las confusas indicaciones de los viajeros. Los guías de la caravana susurran al oído de sus bestias y se aseguran de que los atalajes estén bien colocados y los bultos correctamente apilados, y un poco más allá, a la sombra de unos soportales o un toldo sobre cuatro postes, descansa perezosamente un puñado de manamaragas desnudos y pintados, como tigres dormidos, que solo muestran verdadera actividad cuando están a punto de matar.

¿Quiénes son los soldados? Sus orígenes son muy diversos. Hay armas de todos los ferales, atraídos por el juramento prestado a algún jefe, por los lazos de sangre, o simplemente convocados por sus máscaras mayores para prestarles servicio en la guerra. Hay mediarmas, eredales enteros que se han alistado por lealtad al caudillo, o por la promesa de una vida mejor como señores en el Urante. Hay aventureros gargales y mestizos, bandoleros que semanas antes atacaban a las mismas caravanas que ahora les llevan la impedimenta; hay hordas de nómadas de las llanuras a cuyos jefes les da igual saquear hacia el este que hacia el oeste mientras el botín sea sustancioso. Mercenarios pandalumes, quizá incluso talafurata escondidos entre las tropas, listos para eliminar a los reyezuelos y potentados del Urante. Un grupo de caralocas emplumados que ha remontado el curso del Morega en busca de fortuna, cuyo taciturno líder tiene cicatrices que sugieren una salida no demasiado pacífica de las tierras ancestrales de su tribu.

La primera parte de la campaña puede tratar sobre la complicada travesía del desierto. El Chan Menor es malo, pero el ilimitado Chan Mayor al otro lado es mucho peor. Las praderas son un respiro bienvenido, pero les siguen pedregales, llanuras de polvo interminable, desiertos de arena, calor abrasador y un frío que hiela los huesos. En los llanos hay lobos, chacales, hienas, panteras, leones, y criaturas más extrañas como los rinocerontes y los elefantes, que son más peludos cuanto más al norte se dirige la expedición. Los nómadas del Chan Mayor son tan feroces como los del Menor, y la expedición tiene que defenderse de los ataques de los calisefom, y perseguir a comerciantes y cazadores goro para evitar que den la alarma sobre su avance.

Y entonces llega la guerra. Las ciudades goro, protegidas por murallas de adobe y piedra. Sus jinetes cubiertos de gualdrapas recargadas, aliados con lares pandalumes y tribus nómadas, que sin embargo pueden ser persuadidas para cambiar de bando. El descubrimiento de que no se trata de un solo reino, sino de una infinidad de territorios independientes, y que los reyes goro no se van a rendir sin luchar. El agotamiento, los motines de las tropas, las enfermedades, y las intrigas.

¿Cuál será el destino de la expedición? Quizá sean exterminados hasta el último. Quizá conquisten un puñado de asentamientos goro y surja una casta dominante de gorgotas, a los que ya es difícil identificar como armas, mediarmas o gargales. Incluso así, ¿qué pasará después? ¿Cómo reaccionarán los otros señores goro? ¿Qué consecuencias tendrá la expedición de un lado a otro del Chan, y quizá hasta el mismo Bal Bartán? ¿Conseguirán los soldados que se jactaban ante las muchachas todo el oro que querían? ¿O se lo gastarán en vino y mujeres proporcionadas por los mercaderes que acompañaban a la expedición?

Todo esto depende solamente de ti.

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