Dioses de los Seis Dedos I

Ya hemos hablado en este blog alguna vez de los dioses de los Seis Dedos, pero creo que nunca se había hecho desde una perspectiva externa al juego. Hoy no vamos a hablar de quiénes son Arbar, Ejaune o Bas Camul, sino de cómo perciben los gorgotas y los momgargas su relación con las divinidades, y cuál es el concepto que tienen de ellas. Creo que esto es muy importante a la hora de dirigir o jugar una partida, porque somos criaturas de hábitos y tendemos a caer en la opción fácil, como ya mencionamos al hablar de la estética. La opción fácil es equipararlo a lo que (incorrectamente) nos han enseñado de otras culturas politeístas, con el dios de tal y el dios de cual, pasado por un filtro judeocristiano. La cosa no funciona así.

Así pues, ¿cómo ven los habitantes de los Seis Dedos, el Chan y el Alto Norte a sus dioses? Como lo hacían los pueblos antiguos. No existe el concepto de religión tal y como lo entendemos ahora, en el sentido de un conjunto de normas y doctrinas universales en las que uno cree o no. Para una mentalidad antigua, y la de gorgotas y momgargas lo es, la religión es lo más parecido a la diplomacia: es el protocolo correcto para tratar con una fuerza ajena, muy poderosa, y a la que no se puede controlar, pero con la que se puede negociar.

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Y tomarte algo.

Los dioses no son entidades trascendentes en las que se cree, sino que son del mundo y están en el mundo, aunque invisibles. Se les percibe diariamente, a la hora de arrojar las suertes (que universalmente se consideraron siempre expresión de la voluntad divina), en los presagios, en la sensación de poder y reverencia de los santuarios, al meditar, y en cualquier fenómeno inexplicable o fortuito, e incluso en el funcionamiento normal de la naturaleza. Y en el caso de las madres de los ogros, de manera bastante más carnal. Como decía Terry Pratchett, uno no cree en los dioses cuando sabe positivamente que existen. “Sería como creer en el cartero“. El mundo de los Seis Dedos no es un mundo de fe, que implica incertidumbre, sino un mundo de pragmatismo. Los dioses están ahí y hay que tratar con ellos, como se trata con una tribu vecina.

La novela nos da múltiples ejemplos de ello. Qum Moga afirma que “los dioses son como las personas, no se puede estar a bien con todos”, y Corocota que “allá el Gochora si acepta el homenaje de un rompevedas”. Los dioses son personas, extremadamente poderosas, sí, pero con personalidades diversas, intereses con los que se puede entrar en conflicto, y sobre todo, con responsabilidades. En la mentalidad antigua, como he dicho, la religión es diplomacia. Se hacen sacrificios a los dioses a cambio de que usen su poder en beneficio de la comunidad, y si no lo hacen, están incumpliendo un contrato (do ut des, decían los romanos, doy para que des). Lo vemos claramente en la escena del pinar de Jabalaneté. Los Mutel tienen varios frentes abiertos, y uno de ellos es ofrecer un gran sacrificio al Gochora para ganarse su favor, como se podría enviar un regalo a un príncipe vecino para convertirlo en un aliado.

Tampoco hay, pues, una “religión de los pandalumes”, una “religión de los armas” o una “religión de los caralocas”. Los dioses son dioses, y aunque cada pueblo les pueda dar distintos nombres y adorar de maneras diferentes (porque la religión no es universal, sino el modo en que cada uno se comunica con ellos) siempre son los mismos. Como no imparten lecciones morales, que de eso se encargan los filósofos, no hay conflicto alguno en adoptar los dioses de otros pueblos o en construir panteones sincréticos. Adorar a un nuevo dios no es experimentar un profundo cambio espiritual, sino incorporar a un nuevo actor en el círculo de relaciones de diplomacia y clientelismo, exactamente igual que se haría con un potentado humano.

De esto tenemos ejemplos también en la novela. Los dioses porcinos de los pandalumes fueron adoptados alegremente por los gorgotas, sobre todo en las Tierras Altas, y también los caralocas adoptaron como mínimo al Gochora, cambiándole el nombre por Cició. No sabemos si el nombre pandalume del Gochora o el Maevís es el mismo que el que le dan los armas, pero sí que, por ejemplo, Trapaieiro Porcaián es un dios de origen pandalume, cuyo nombre es puramente pandalume, y que sin embargo se manifiesta bajo la guisa de “algo así como” un mascareno gorgota. El dios en sí no es ni pandalume, ni gorgota, pero cuando se mezcla entre los mortales adopta el aspecto que prefiere, quizá el del lugar donde su culto es más intenso.

La próxima semana hablaremos de la falacia del “dios de tal y el dios de cual”, y de distintos tipos de divinidades.

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