Tras la Máscara

La primera publicación del año va a tener que ser corta por necesidad, pero no se preocupen, que les dejo algo para leer. El artículo me lo pasa Daniel Puerta y se dedica en particular al fenómeno del anonimato en Internet, pero tiene secciones muy interesantes sobre el uso de máscaras en culturas preindustriales que pueden servirnos para afinar y mejorar la interpretación de nuestros personajes de Máscaras de Matar.

Como estos

De hecho habla sobre algunos aspectos de la experiencia con máscaras que yo solo había visto en Máscaras de Matar, pero al parecer se dan en el mundo real. Testamento a la investigación de León Arsenal, y otra prueba más de que esta ambientación se mueve siempre en una fina línea entre lo posible y lo quizá sobrenatural.

El artículo está aquí (en inglés), pero procedo a traducir algunos de los fragmentos más interesantes. 

El primero son las palabras de un portador de máscaras Igbo, de Nigeria:

Cuando la llevo puesta [la máscara], lo que yo veo los demás no lo ven. Si me traen tres litros de vino de palma y me los ponen en la boca me los puedo beber, pero otros no pueden… entiendo a la gente de otra manera, porque cuando los miro mis ojos son ojos de espíritu, no ojos de persona.

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Inmediatamente después hay un párrafo general sobre el carácter de las máscaras que puede ser muy interesante para las partidas:

Los espíritus que habitan las máscaras pueden ser criaturas caprichosas, e incluso salvajes. Hay informes de portadores de máscaras encadenados para evitar que ataquen a los transeúntes. Algunos dioses – máscara, como los Egungun de los Yoruba, pueden, según se dice, matar a una persona sin máscara con un simple toque. Una máscara Tibetana se retiraba de su santuario solo una vez al año para preparar su ceremonia. Durante la noche quedaba encerrada en el templo, mientras los monjes cantaban oraciones para impedir escapar a su malicioso espíritu. Los aldeanos en kilómetros a la redonda atrancaban las puertas. Entre los Ilahita Arapesh de Melanesia, los asesinatos rituales eran cometidos por un hombre poseído por la máscara apropiada.

Esto último es una máscara de matar, con todas las letras. Y sigue:

En cualquier acto violento cometido por un portador de máscara, el ser humano no es considerado responsable; todo el mundo entiende que el crimen fue cometido por la máscara misma.

En este punto tenemos el impulso colonialista de pensar que eso son cosas de pueblos “primitivos” en sociedades “sin desarrollar”. No tan rápido.

Muchas compañías de teatro occidentales contemporáneas también usan máscaras para ensayos o actuaciones, y la experiencia de los actores con máscaras tiene similitudes sugestivas con las de quienes las usan ritualmente. Keith Johnstone, antiguo director del Royal Court Theatre en Londres, usaba máscaras asiduamente en su trabajo. En Impro: Improvisation and the Theatre (1979), escribió: “Verdaderamente parece que el verdadero actor enmascarado es poseído por un espíritu. Puede que sea una tontería, pero así es la experiencia, y así ha sido siempre”.

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Atención al siguiente párrafo, que es el mejor para lo que a nosotros nos interesa:

Johnstone cuenta que las máscaras tienen personalidades que persisten, sin importar el portador: a una máscara con la nariz caída le gustaba coger palos y pegarle a la gente, sin importar quién se la pusiera; a otra le gustaba encaramarse al borde mismo de las sillas y caerse.

El próximo fragmento puede sernos útil si vamos a introducir en nuestras partidas la creación de una nueva máscara. Recordemos que hablamos siempre del mundo real:

Una nueva máscara es como un bebé que no sabe nada sobre el mundo… muy a menudo una máscara tiene que aprender a sentarse, o a agacharse, o a sujetar cosas… no saben destapar jarras; no entienden la idea de envolver las cosas (si les dan un regalo, se limitan a admirar el papel). Si algo se cae al suelo, es como si dejara de existir. Una estudiante siempre se iba de la sala antes de usar una máscara particularmente regresiva. Le pregunté por qué, y respondió: “es una tontería, pero tengo miedo de mearme encima, así que siempre voy al baño”.

Imaginen a la Real en sus primeros pasos, en un santuario subterráneo iluminado con lámparas de aceite, las paredes llenas de grotescas tallas gargales y los cambujes de jabalí de los hermanos Mutel mirándola entre las sombras, mientras un portador de prueba aprendía con ella a moverse, a mirar, a hablar, a vestirse…

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via Wikimedia Commons

Como no tengo ni idea de psicología, dejo a los expertos opinar sobre este fenómeno en el mundo real. Quizá tiene que ver con una combinación de presión de grupo (se sabe que esto ocurre, una máscara tiene tal o cual fama, veo al otro hacer tales cosas cuando se la pone…) con simplemente aspectos que sugiera el aspecto de la máscara. En el caso de la de la nariz caída, quizá tiene una expresión cruel o desdeñosa que anima al portador a dejar fluir su agresividad. No lo sé, pero es una reflexión interesante sobre el papel de las máscaras y su uso en el mundo real.

La próxima semana habré tenido tiempo para reflexionar sobre el artículo y veremos cómo emplear todo esto en partidas de Máscaras de Matar. Por ahora, les recomiendo que lo lean, aunque tengan que usar un traductor online.

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