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Una Disculpa, y una Primicia

El punto primero del orden del día de la entrada de hoy es una disculpa. Han pasado tres semanas sin actualizaciones en el blog, como dije en Facebook causadas por un problema de horarios que me ha venido de improviso y que espero poder solucionar pronto (adaptándome, por cambiar no se puede cambiar hasta junio). Debería haber puesto algo, pero no me ha sido posible, de manera que, de nuevo, una disculpa. A partir de ahora intentaré llevar un ritmo lo más regular que se pueda.

Y para compensar por lo abandonados que los tengo, hoy vamos a ver una primicia del texto casi definitivo del libro: la descripción de Lagoa, ese misterioso territorio, entre el Alto Norte y el Urante, donde habitan los lagoáns, parientes de los pandalumes cuya mano se deja sentir en los asuntos de los armas en territorios tan lejanos como Gaiola y Rau Branca.

No he visitado personalmente Lagoa, pero de ella se habla entre susurros en posadas y albergues de todo el Alto Norte y de Aspoulas. El hogar de los lagoáns, una rama de los pandalumes, es un lugar misterioso y embrujado, que los demás pueblos prefieren evitar a no ser que no les quede más remedio.

Me han hablado de las marismas gélidas, de los lagos estancados cubiertos de nenúfares, y de los ríos cortos y profundos en los que nadan serpientes gigantescas y dragones apenas entrevistos entre la niebla que se alza entre las cañas y los sauces. En primavera y otoño, con las lluvias y el deshielo, crecen las aguas y los pocos caminos que hay desaparecen, anegados.

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Si el frío y la humedad no calan los huesos del forastero, sin duda lo hará el miedo. La tierra es un barrizal que se hunde bajo los pies y atrapa las ruedas de los carros y las patas de los animales. Dicen que las brumas son tan espesas que el viajero apenas puede ver su camino más allá de unos metros, hasta que de pronto se encuentra con un monolito ensangrentado y pintado con glasto, o con una canoa llena de guerreros silenciosos de color azul y blanco.

Aquí se encuentra, rodeado de alisos y sauces, el Lago Amarelo, hogar de la infame hermandad de las brujas Mandemo, cuyo símbolo, la mano roja, siembra el terror tan lejos como el Chan.

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Eso es todo por ahora. En la próxima entrada exploraremos la relación entre herrería, magia y realeza en los Seis Dedos y en el mundo real.